En el día a día de los que frecuentamos transporte público nos encontramos con rostros tan conocidos de extraños con los que apenas habríamos intercambiado un saludo, o una mirada, y muchos de ellos los encontramos coincidencialmente en los mismos lugares en el correr de la vida rutinaria. Vendedores, limpiabotas, limpiacristales, chóferes de transporte público, o simples mortales… Personas de las que algunas veces escuchas hablar por comentarios de otros pasajeros o del mismo chofer, y vamos aprendiendo de la vida de cada quién y sin siquiera saber su nombre.

Tenemos el clásico vendedor con el que los conductores suelen bromear diciendo que por estar dejando su mujer sola, un día fácilmente regresa y no la encuentra, y el pobre hombre tan solo respondiendo con una mirada acusadora y dubitativa, con miedo impregnado en sus pupilas por la posibilidad de los hechos.

O la chica de los periódicos de apariencia jovial, equipada con unos ojos que han visto más calle que quienes habitan en ella, que quizás su cuerpo no tenga tantos años de existencia, pero su mente ya ha experimentado la metamorfosis callejera.

Por otro lado, en las guaguas públicas suele haber un espécimen que he denominado “los mata(mi)tiempo”. Esta especie se dedica a relacionar cualquier elemento que le brindemos ya sea hasta el color de nuestra camiseta para buscarnos conversación y terminar relatándonos como a su tía Lucía le amputaron la pierna, se sacó la loto, como su hijo lo están casi firmando en grandes ligas, o como la vecina se ha dedicado a llevarle la vida a todo el barrio. Hay días que esta situación puede ser realmente molesta, y en otras ocasiones, al menos te entretienen si no llevas audífonos, o un buen libro.

No se puede quedar el vendedor ambulante que mínimo ha de ser que aprendió su destreza en oratoria leyendo escritos de la antigua Roma pues son capaces de ofertarte de manera astuta y emotiva, esos chocolates de tan solo 5 pesitos que se derriten en tu boca, te estabilizan la presión, te dan energía, te quitan la depresión, restablece tus neuronas, te hace cicatrizar más rápido tus heridas y te quita el hambre, y todo eso por solo 5 pesitos. Y terminamos comprando 3 o 4, como esta galletica de coco que me estoy comiendo. Creo que ya entiendo por qué estoy gordito.

También, aparecen de vez en cuando situaciones en que se nos acerca alguien que le falta dinero para su pasaje, y se lo duro que es andar por ahí y que se te pierda el pasaje, pero hay gente que saca tanto provecho de esta situación de modo que lo convierten en un oficio y así nos van volviendo insensibles respecto al tema. Trato siempre de dar algo, aunque no sea el pasaje completo, pues si un día a mí me falta, me gustaría al menos sentirme digno de la ayuda de alguien.

Y continuando con los limpiacristales, son sujetos que sienten que los carros en la calle les hacen “ojito bonito” y mínimo hasta se muerden los labios cuando se acercan, porque solo han de ver uno y lanzan la esponja contra el cristal como si fuesen peloteros recién firmados. Todo esto, a pesar de que el chofer tiene como 5 minutos diciéndole que no lo hagan.

Los limpiabotas casi los olvido. Estos son personajes que andan con una cajita que les sirve incluso de silla (qué astutos, ¿no?) donde llevan todo su armamento para dejar los zapatos como que recién los compraste. La verdad que se ha perdido el uso cotidiano de los zapatos, y los tenis son los reyes del mercado, hasta el punto que hasta con ropa formal se los están poniendo. Esto ha generado un declive digamos en el “limpiabotismo”, pues no solo es un aumento en el uso de tenis, es que los jóvenes de ahora optan por ponérselos hasta su total deterioro, y provocando poco a poco la extinción de los limpiabotas.

El transporte público no será muy confortable, ni el más rápido en muchas situaciones, pero es uno de los puntos de conexión con la gente, con el pueblo. Cuando vayas por la calle, evita el uso de audífonos y permítete escuchar el ruido característico y único de tu fatídica pero hermosa ciudad o el melifluo sonido de la naturaleza de tu hábitat natural. Y escucha a aquellos pasajeros desconocidos, que posiblemente nunca vuelvas a ver,  que no tienen con quién hablar y que simplemente quieren ser escuchados, y no lo digo porque yo sea de esos que me gusta hablar con extraños, sino porque la comunicación también es un tipo de amor; de amor al prójimo; de amor al arte; de amor a la vida; de amor al pueblo en que vivimos; de amor y punto.

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